22 de enero de 2013

No podría haber negado lo que esos ojos tan tiernos y elocuentes me pedían. La abracé, la besé. Sus labios eran una caricia necesaria, ¿cómo podía haber vivido hasta ahora sin ellos? Y aunque a veces pareciera que estabamos a punto de caernos: cuando ella tropezaba, la sostenía; cuando perdía el equilibrio, me enderezaba ella. A dúo andábamos, bien agarraditos el uno del otro, pegados el uno al otro en los vaivenes del mundo.

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